Uno de esos sueños que se arrastran por años por fin encontró su momento. Siempre habíamos fantaseado con recorrer Chile a bordo de una casa rodante, llevando nuestro propio hotel a cuestas, con la libertad de cambiar de paisaje a nuestro propio ritmo. Lo que parecía una montaña de mapas marcados y hojas de cuaderno, se transformó en una travesía real, la cual vivimos con mucha felicidad, y a ratos, con un poco de miedo por lo desconocido del viaje.
Porque aunque este viaje nació desde el deseo de desconectar y explorar, no podíamos dejar nada al azar. Viajaríamos con Lana, nuestra perrita, y la libertad del camino requería una estructura: cada noche tenía que estar planificada, cada sitio de descanso reservado con antelación, asegurándonos de que permitiera la estadía de nuestra peluda. No hay improvisación posible cuando el único techo que te cubre va sobre ruedas.
Y como si el destino quisiera añadirle una capa más de intensidad a la historia, justo en esos mismos meses Chile ardía en protestas sociales que sacudían al país de norte a sur. Las noticias viajaban con nosotros, colándose entre rutas cordilleranas y costeras, mientras el mundo entero comenzaba a pronunciar una palabra que cambiaría todo: coronavirus.
Aún no había cuarentenas, pero el temor empezaba a crecer, y nuestra casa rodante avanzaba por un país en plena efervescencia, como una cápsula rodante de calma en medio del caos.
Diseñando el sueño
Lo primero que hicimos fue apartar nueve días de noviembre exclusivamente para esta aventura. Fue una decisión que tomamos con anticipación —cinco meses antes, para ser exactos—, y desde entonces comenzó la etapa de planificación meticulosa. Una de las primeras tareas fue buscar compañías que alquilaran casas rodantes en Chile y, por supuesto, que aceptaran a Lana, nuestra compañera de cuatro patas sin la cual el viaje simplemente no tendría sentido. Así fue como llegamos a Nómade Motorhomes, una empresa que no solo ofrecía vehículos equipados y seguros, sino que también entendía lo importante que era para nosotros viajar en familia completa.
Aunque hoy todo parece resolverse desde una pantalla, decidimos complementarlo con un enfoque más “vieja escuela”. Fuimos hasta la oficina del Sernatur, en plena Avenida Providencia, donde amablemente nos entregaron mapas físicos y detallados de cada región del norte de Chile. En ese momento fue un gesto casi simbólico, una especie de guiño nostálgico a los viajeros de otra época. Lo que no sabíamos era que esos papeles con rutas y leyendas nos salvarían la vida —literalmente— más adelante en el viaje (continúa leyendo).
Queríamos intentar llegar al desierto de Atacama pero las distancias y los días para lograrlo no lo hacían posible. Así que nos propusimos una meta, llegar a la Mano del Desierto en Antofagasta.
Tras varias conversaciones con el equipo de Nómade, reservamos oficialmente nuestra casa rodante para las fechas acordadas. A partir de ahí, el plan empezó a tomar forma concreta: investigar paradas, calcular distancias, estimar tiempos de manejo y, sobre todo, buscar aquellos lugares que nos hicieran sentir que valía la pena cada kilómetro recorrido. La emoción crecía con cada nuevo punto en el mapa, y así la realidad empezó a alcanzar al sueño. Estaba por comenzar el mejor viaje de nuestras vidas.
Queríamos grabar en video todo el viaje para mostrarle a nuestros amigos y familia al regresar, pero al ser nuestro primer viaje en motorhome, dejamos un poco de lado esta tarea para poder resolver todas las situaciones que van apareciendo minuto tras minuto. ¡Pueden ver este video al final de la publicación!
Estos son los mapas (ver abajo y ampliar) en los que trazamos el trayecto con cada una de las paradas, tanto de ida como de vuelta, hasta llegar a nuestro destino más al norte: la imponente Mano del Desierto. Fue el mapa que diseñamos con cuidado, entre cafés, conversaciones y sueños, tratando de equilibrar lo que queríamos ver con lo que realmente podíamos recorrer. Cada punto marcaba una promesa de experiencia, una historia esperando ser vivida.
Llegó el día.
Y entonces, finalmente, llegó el día. A las 11 de la mañana, con el corazón latiendo más fuerte que de costumbre, comenzó nuestra aventura. Salir de Santiago no fue fácil: las protestas seguían encendidas, muchas calles estaban cerradas y el caos urbano no daba tregua. A eso se sumaba que la casa rodante tenía transmisión manual, y yo llevaba al menos diez años sin conducir un vehículo sincrónico. Pero bastaron unos tres minutos para que todo volviera como por instinto; los cambios de marcha, la coordinación, la sensación de controlar algo más grande que uno mismo. Sin darnos cuenta, ya estábamos avanzando, dejando atrás la ciudad y entrando en lo desconocido con una mezcla de nervios y euforia.
Primera parada: Camping La Torre en Punta de Choros.
Nuestra primera parada planificada era Punta de Choros, en la Región de Coquimbo, a unas ocho horas de camino. La distancia me intimidaba: nunca había manejado tanto en un solo día. Pero ahí ocurrió algo mágico. El camino mismo, sus paisajes infinitos, el cambio constante de colores y texturas… todo eso transformó la ruta en un espectáculo. No era cansador, era hipnótico. Era como un tour guiado por nosotros mismos, donde cada curva revelaba algo nuevo. Cantamos, paramos a echar gasolina, almorzamos tranquilos en un lugar con sombra, dejamos que Lana corriera un rato por un campo verde, tomamos fotos, grabamos videos, nos reímos. Todo parecía una película. Todavía no lo sentíamos como realidad, pero lo era.
Ya muy entrada la noche, nos acercamos al primer punto de descanso: el Camping La Torre. Habíamos avisado que llegaríamos tarde, así que nos dejaron listo nuestro espacio para estacionar. Todo estaba completamente oscuro, apenas se escuchaban algunas olas rompiendo cerca, como un susurro que nos daba la bienvenida. No teníamos energía para mucho: calentamos algo de comida rápida, estiramos las piernas, y luego subimos al pequeño nido que sería nuestra cama durante esos días. Está ubicado sobre la cabina de conducción, un espacio cerrado y acogedor. Lana fue la primera en acomodarse. Nosotros la seguimos, exhaustos pero felices. El mar hizo de cuna y, en cuestión de segundos, caímos rendidos por el largo día recorrido.
Segunda parada: Bahía Inglesa en Copiapó.
El Camping La Torre fue una corta parada, una pausa necesaria para retomar fuerzas y continuar avanzando hacia nuestro objetivo. No nos quedamos a explorar ni a disfrutar del entorno, aunque el lugar prometía mucho más de lo que alcanzamos a ver en la oscuridad. Eso sí, hicimos una promesa silenciosa: a la vuelta, con el tiempo a nuestro favor, nos quedaríamos un día entero para disfrutar de ese rincón costero con calma, sin apuros ni relojes.
Nuestra siguiente parada estaba unas cuatro horas más al norte, en la Región de Atacama: Bahía Inglesa. Condujimos con ritmo tranquilo, acompañados por ese paisaje que se iba volviendo cada vez más árido, más dorado, más inmenso. Llegamos al Camping Bahía Club, un sitio amplio y cómodo, justo a pasos de la playa. Apenas estacionamos la casa rodante, dejamos todo en su lugar y nos fuimos directo a tocar la arena, como niños corriendo hacia el recreo. El mar estaba a metros de nuestro spot, tranquilo, sereno, reflejando una luz tibia que parecía suspendida en el tiempo.
Bahía Inglesa es un pueblo pequeño pero encantador, con casitas desparramadas sobre una loma y una avenida principal que bordea la playa, llena de restaurantes con vista al mar. Tiene una vibra única, como si todo allí ocurriera en cámara lenta. La playa, casi como privada, era tan calma que daba la impresión de estar en otro país. Allí descansamos profundamente, recargamos energía y nos permitimos un respiro más largo, sabiendo que el viaje aún tenía muchos kilómetros por delante. Si alguna vez visitas el norte de Chile, Bahía Inglesa es una parada obligatoria: no sólo por su belleza, sino por ese algo intangible que invita a quedarte un poco más.
Nuestra meta: La Mano del Desierto, punto norte de nuestro viaje.
Volvimos al camino, y después de algunas horas más de ruta, con el sol ya alto y el paisaje cambiando de colores verdes de su flora a tonos ocres y rojizos del desierto, llegamos finalmente a nuestra meta: la Mano del Desierto. Verla aparecer a lo lejos, solitaria y monumental en medio del vacío absoluto del desierto de Atacama, fue como entrar en una escena de otro planeta. La escultura, creada por el artista chileno Mario Irarrázabal, se alza imponente con sus 11 metros de altura, como un símbolo misterioso que emerge desde las profundidades de la tierra. Representa la vulnerabilidad, el dolor, pero también la esperanza del ser humano.
Nos estacionamos un rato, en silencio, dejando que el viento seco nos despeinara y el momento se asentara en nosotros. Nos tomamos las fotos de rigor —esas que más tarde imprimiríamos para poner en el refrigerador y en marcos especiales, porque hay recuerdos que necesitan espacio físico para seguir vivos. Compartimos ese instante con un puñado de motociclistas turistas que también habían llegado hasta ahí: un par de mochileros brasileños, una pareja de Escocia, todos igual de asombrados por ese pedazo de arte que desafía el olvido en medio de la nada. Fue un momento de pausa, de logro, de realización.
Pero se nos acabó el tiempo para descansar. El siguiente desafío era regresar. No queríamos manejar tantas horas seguidas hasta Bahía Inglesa, así que optamos por un plan más rústico, más aventurero: Caleta Cifuncho, un pequeño poblado pesquero escondido entre cerros y mar, justo a mitad de camino. No había camping oficial, ni servicios organizados, sólo una playa amplia, una brisa suave y un cielo que comenzaba a pintarse de fuego con el atardecer. Estacionamos al borde de la playa, casi con las ruedas tocando la arena, y nos bajamos sin decir mucho. Era uno de los pueblos más bellos que habíamos visto, y lo que sentimos allí fue, sin duda, uno de los momentos más pacíficos de nuestras vidas. El tiempo se detuvo, y nosotros con él.
Tercera parada: Estacionados a la orilla del mar en Caleta Cifuncho.
Caleta Cifuncho fue nuestra primera —y única— parada completamente fuera de un camping, un salto a lo desconocido que se sintió a la vez liberador y ligeramente temerario. Este pequeño pueblo pesquero, rodeado por montañas áridas y un mar de un azul casi irreal, tenía apenas unas pocas viviendas dispersas y un silencio que se podía oír. No había señal de celular ni postes de luz, ni ruido alguno que no viniera del viento o de las olas. Estábamos literalmente a la deriva, estacionados frente al océano sin más compañía que el paisaje. Y fue perfecto.
Pasamos la tarde corriendo en la arena con Lana, quien parecía haber descubierto el paraíso: cavó hoyos sin parar, uno tras otro, hasta quedar completamente rendida. Yo intenté pescar algo desde la orilla, sin mucha suerte, mientras Chumi preparaba una de las cenas más sabrosas del viaje, tal vez por el hambre, tal vez por la magia del lugar. Habremos llegado en la tarde, y hasta el día siguiente no pasó ni un solo auto, ni vimos a nadie cerca. Era como si el mundo se hubiera tomado una pausa sólo para nosotros. Al principio nos dio algo de nervios no saber si ese lugar era realmente seguro, pero la tranquilidad del entorno y la conexión con la naturaleza terminaron por envolvemos. Dormimos profundo, en paz. Fue una aventura irreal, y sin duda uno de los momentos más especiales de todo el viaje. Si alguna vez haces esta ruta en casa rodante, Caleta Cifuncho es un tesoro escondido que vale la pena descubrir.
El Salar de Pedernales: la parada que jamás debimos hacer.
Tras vivir uno de los momentos más tranquilos del viaje en Caleta Cifuncho, nos sentíamos recargados y listos para una nueva aventura. Habíamos visto en el mapa una ruta hacia el Salar de Pedernales, un lugar escondido en la cordillera de Atacama, donde algunos turistas se tomaban fotos flotando en una pequeña laguna salada. El mapa indicaba unas tres o cuatro horas de trayecto desde donde estábamos, así que, con gasolina suficiente, decidimos intentarlo. La empresa Nomade Motorhomes nos recomendó no ir allá por la falta de cobertura de asistencia en caso de imprevistos, sin embargo, preguntamos a un hombre local si el camino era apto para una casa rodante. Su respuesta fue clara: “¡Claro que sí, sin problema!”. También, durante la planificación del viaje, consultamos con un influencer que también visitó el sitio en su van, y nos confirmó que era posible. Así que confiamos.
El comienzo del camino parecía prometedor. El mapa mostraba una ruta clara y, por momentos, bastante amplia. Pero a medida que avanzábamos, la pendiente comenzó a inclinarse más y más. Lo que no decía el mapa —y que descubrimos demasiado tarde— era la altitud. El salar estaba en plena cordillera, a más de 3.500 metros sobre el nivel del mar, y el sendero que seguíamos no era una carretera construida, sino un camino de tierra, muy rústico, con tramos angostos, sin barandas, con curvas agudas bordeando precipicios. El calor era sofocante, y la casa rodante, con su tamaño y peso, se volvía cada vez más difícil de manejar. No podíamos dar la vuelta en U sin arriesgarnos a un accidente. Estábamos atrapados en nuestra propia decisión.
A lo lejos, por fin, vimos el salar. Pero era demasiado extenso, la laguna que buscábamos nunca apareció. No se veía a simple vista, y decidimos no contniuar manejando sin rumbo. Decidimos almorzar algo para manejar un poco el estés y dar vuelta para nuestro regreso. La belleza del paisaje fue opacada por la tensión que llevábamos encima. Por más que estábamos en zona firme, mi mente no dejaba de pensar en Chumi y Lana, completamente a merced de mi habilidad para mantener la calma y seguir manejando en condiciones extremas. En un momento, me quebré. Lloré de miedo, de frustración, por no saber cuánta ruta quedaba por delante ni si íbamos a lograr salir de ahí. En un momento el motorhome se atascó en una subida arenosa, haciéndonos casi imposible salir de la zona. Después de unos tres intentos de retroceso, finalmente el vehículo superó el obstáculo y retomamos el camino. Llevábamos horas sin señal, sin GPS, y en ese momento los mapas físicos que habíamos recogido en Sernatur literalmente nos salvaron la vida. Gracias a ellos, encontramos un cruce señalizado y comenzamos a identificar nombres de caminos. Ahí supimos que habíamos comenzado la bajada.
Nunca encontramos la laguna. No hubo foto, ni flotación, ni premio. Sólo quedó el mal trago de haber subido un camino que jamás debimos tomar. Finalmente volvimos a ver signos de civilización: una camioneta estacionada, una casa de adobe, un zorro salvaje. Era el pueblo, Diego de Almagro, otra vez. Respiramos. Sentimos el cuerpo relajarse como si nos hubiéramos quitado una peso de encima. Sin mucho que decir, subimos de nuevo a la casa rodante y manejamos directo hacia Bahía Inglesa, que nos esperaba como un oasis conocido, para descansar del que sería, sin duda, el tramo más tormentoso y desafiante de toda la ruta.
Cuarta parada: Descanso de regreso en Bahía Inglesa.
Finalmente, como si el desierto nos diera una tregua, volvimos a Bahía Inglesa y al familiar Camping Bahía Club. Estacionamos la casa rodante y sin siquiera cambiarnos de ropa salimos caminando directo a la pequeña avenida principal del pueblo, con una sola idea en mente: olvidar. Encontramos un restaurant con vista al mar, pedimos un par de tragos y unas pailas marinas que nos supieron a gloria. Brindamos con una mezcla de risas nerviosas, cansancio y lágrimas contenidas, como si sólo en ese momento cayéramos en cuenta de todo lo que habíamos vivido ese día. Estábamos bien, estábamos juntos, y eso era todo lo que importaba.
A veces los viajes te golpean antes de regalarte su mejor cara. Y aunque ese había sido, sin duda, un día difícil, sabíamos que la ruta todavía tenía mucho por ofrecernos. Dormimos profundamente esa noche, arrullados por el murmullo del mar y con el corazón un poco más liviano. La mañana siguiente traería un nuevo tramo, esta vez rumbo al interior del país, hacia un lugar que prometía magia, paz y estrellas: el Valle del Elqui. Uno de los destinos más esperados de todo el viaje.
Luego de nuestra segunda parada en Bahía Inglesa, hicimos nuestra parada prometida de regreso en Punta de Choros, Camping La Torre en el cual hicimos una gran parrilla (ver fotos arriba), y de pronto el viaje nos dio un buen susto: Lana empezó a rascarse sin parar. La revisamos y vimos que tenía decenas de pulgas repartidas por todo el cuerpo: orejas, barriga, cabeza, cola… un desastre. Seguramente se metió en algún rincón del camping donde estas pasajeras decidieron subir al tour. No teníamos ni repelente ni pipeta, y la idea de subirla al motorhome así nos preocupó. Por suerte, llevábamos mi bici colgada atrás, la bajé y me fui pedaleando al primer minimarket que encontré, casi sin frenar en las curvas.
Pregunté medio desesperado si tenían algo contra pulgas, y el dueño me dijo que tal vez quedaba una última pipeta. Así fue, y corrí de vuelta a toda velocidad. Se la pusimos a Lana y, tal cual, vimos cómo las pulgas empezaron a saltar y caer. Fue un alivio, pero igual esa noche nos tocó tarea difícil: en la cama, con la luz del motorhome, le sacamos un par de garrapatas usando la pinza de cejas de Chumi. Nada glamoroso, pero parte real de viajar con perrita incluida. Al final, sobrevivimos todos… de nuevo.
Quinta y sexta parada: Refugio del Angel y Astrocamping en el místico Valle del Elqui.
Después de recorrer nuevamente la costa y adentrarnos poco a poco hacia el corazón del norte chico, llegamos finalmente a Pisco Elqui, un pequeño pueblo enclavado en medio del valle, rodeado de cerros cubiertos de viñedos y un aire que parecía detener el tiempo. En pleno centro del pueblo, escondido entre árboles y tierra, encontramos el Refugio del Ángel, un camping rústico y encantador, como sacado de un sueño. Al entrar, nos recibió un bosque denso, manglares que bailaban con el viento y un pequeño río de agua cristalina que cruzaba el lugar en silencio. La casa rodante se estacionó bajo sombra natural, y por primera vez en días sentimos una paz sin capas.
Lo primero que hicimos fue meternos al río. El agua era helada, pero revitalizante, como si nos devolviera al cuerpo después de tantas emociones acumuladas. Lana corrió por la orilla con la energía de siempre, chapoteando entre piedras, feliz, libre. Nosotros nos sumergimos solo unos segundos, pero bastó para espantar el cansancio. Luego, comimos algo sencillo dentro del motorhome, mientras la brisa entraba por las ventanas abiertas y el sonido del agua servía de banda sonora improvisada. Salimos un par de veces al pueblo, que era pequeño, acogedor, con calles de tierra y colores cálidos. Visitamos un mercado donde compramos recuerdos: botellas de pisco artesanal, jabones naturales, y un par de llaveros hechos a mano que todavía llevamos con nosotros.
Por la tarde, cruzamos un puente colgante que unía dos partes del refugio y exploramos varios de los senderos que serpenteaban entre árboles y arbustos, dejándonos sorprender por la belleza sencilla del lugar. Cada rincón del bosque parecía invitar a quedarse un poco más. Era un sitio sin pretensiones, pero lleno de alma. El Refugio del Ángel hacía honor a su nombre: era exactamente eso, un refugio. Un lugar donde descansar el cuerpo y también el alma, en medio de la naturaleza, sin más distracciones que el sonido del viento, las risas suaves, y nuestras propias pisadas sobre la tierra.
Al dejar Pisco Elqui, aún con la calma del Refugio del Ángel resonando en nosotros, seguimos por el corazón del valle hasta llegar a otro de los puntos más mágicos del viaje: el Astrocamping, un lugar que descubrimos durante la planificación y que nos llamó la atención desde el primer momento. Su anfitrión, Amador, nos había escrito con calidez desde el principio, y al llegar entendimos por qué. Estacionamos la casa rodante en su pequeña parcela, muy cerca del pueblo de Diaguitas, y de inmediato nos hizo sentir como en casa. El lugar tenía una energía especial, casi mística, rodeado de cerros, estrellas y silencio.
Allí conocimos también a eKaterina, una viajera rusa que estaba de intercambio ayudando a Amador con las tareas del camping y los tours astronómicos. Se convirtió rápidamente en una gran compañía. Juntos hicimos una caminata hacia las montañas cercanas, donde nos mostró unas ruinas antiguas asociadas al pueblo Diaguita, la cultura originaria de la zona. Entre rocas y matorrales, encontramos unas piedras talladas en formas geométricas casi imposibles: cubos gigantes, algunos con ángulos perfectos, y restos de pintura verde en su superficie. Nadie sabe con certeza cómo lograban esculpir así. En una de las rocas más altas, Amador nos invitó a tumbarnos y nos guió en una meditación al aire libre. El sol, el viento y el silencio se combinaron en una experiencia revitalizadora, de esas que uno no olvida.
Días después, visitamos el río Elqui, que da nombre al valle. Supimos que Elqui significa “eco” en lengua originaria, y al estar allí, entendimos por qué: el sonido rebota en las montañas, y todo parece resonar con más fuerza. Cruzamos al otro lado del río y entramos al pueblo. Primero fuimos a la Cervecería Guayacán, un lugar hermoso, rodeado de vegetación, donde probamos cervezas artesanales al sol de la tarde. Luego visitamos la Pisquería Aba, donde aprendimos sobre el proceso del pisco y degustamos algunas variedades de uno de los mejores piscos del país. Al final del día, volvimos al Astrocamping, sintiéndonos parte de algo mucho más grande que un simple viaje. Hasta hoy, mantenemos contacto con Amador y eKaterina, quienes se convirtieron en amigos de verdad, de esos que el camino te regala cuando estás dispuesto a abrir el corazón.
A veces, pueden pasar cosas inesperadas.
Justo cuando íbamos llegando a la Cervecería Guayacán, momento en que hacía un gran calor, le dije a Chumi, con toda la confianza del mundo: “Estacionémonos debajo de ese árbol, para que nos dé sombra”… Olvidando, claro, que nuestra querida casa rodante no era precisamente bajita. En cosa de segundos, la realidad y la física nos dieron una lección práctica: una rama gruesa atravesó el techo de la cabina como si fuera mantequilla, asomándose triunfalmente hasta lo que en ese momento era nuestra cama. Fue un momento de silencio absoluto, seguido de miradas de “¿en serio acabamos de hacer esto?”.
Así, nuestro querido motorhome quedó con un accesorio improvisado: un pedazo de árbol incrustado, como queriendo dormir la siesta con nosotros. Parecía un homenaje involuntario a la naturaleza, o un recordatorio de que la aventura siempre tiene un giro extra bajo la manga. Entre risas nerviosas y un par de “¡no puede ser!”, nos bajamos a revisar el desastre, sacamos la rama como quien quita un corcho atascado, y terminamos brindando igual en Guayacán, celebrando que, al final del día, hasta los tropiezos se vuelven parte de la historia que más tarde contaríamos… con foto incluida (ver abajo).
Como si fuera poco, ese mismo día, antes de seguir camino desde el Camping La Torre, el motorhome nos dio otro dolor de cabeza: se quedó atascado en la arena. Estuvimos casi dos horas intentando sacarlo, poniendo piedras y maderas bajo las ruedas mientras el sol pegaba fuerte y Lana miraba curiosa todo el desastre. Llegaron un par de vecinos del pueblo a echar una mano, pero ni así salíamos. Fue otro contratiempo más en este viaje que parecía tener siempre algo guardado para sorprendernos. Al final, después de mucho empujar y probar, logramos moverlo y seguimos la ruta, un poco agotados por los percances inesperados.
Séptima parada: Descubriendo un camping inesperado, Cabañas El Tebo.
Nuestro viaje llegaba a su fin, y con él, la nostalgia anticipada de despedirnos de la carretera. Teníamos planificada una última noche en un campamento entre Coquimbo y Santiago, una especie de cierre tranquilo antes de volver a la rutina. Pero al llegar, nos recibió un terreno vacío, sin nadie a la vista, sin autos, sin casas rodantes, sin señales de vida. Algo en el ambiente simplemente no nos dio buen feeling. A pesar de haber llegado hasta ahí, decidimos no arriesgarnos: nos estacionamos unos minutos, respiramos hondo y comenzamos a buscar una segunda opción. Entre mapas físicos y búsquedas online —y con mucha suerte— dimos con lo que sería el último y perfecto punto del viaje: Cabañas El Tebo. Nicolás, su dueño, nos respondió con amabilidad y sin dudarlo nos abrió las puertas del lugar, a último minuto. Fue una bienvenida inesperada pero cálida, un regalo de cierre que convirtió un contratiempo en una despedida digna del viaje que habíamos vivido.
La cabaña en El Tebo resultó ser un lugar mágico, como si el destino hubiera querido regalarnos un final perfecto. El terreno era amplio, rodeado de árboles altos y vegetación silvestre, con senderos de tierra que invitaban a perderse entre ramas y aromas de bosque costero. Desde la cabaña comenzaba una bajada que, en unos 15 minutos a pie, nos llevaba directo a la costa. Abajo, entre grandes rocas oscuras, el mar rompía con fuerza y belleza. Había pequeñas pozas donde uno podía bañarse si se atrevía al agua fría, y una tranquilidad que parecía sacada de otro mundo.
Caminando por la orilla, bordeando la costa unos 15 minutos más, descubrimos una joya escondida: Playa El Tebo, una de las más hermosas que habíamos visto en todo Chile. Arena clara, mar sereno, y una sensación de aislamiento perfecto. Nos sentamos ahí con una cerveza fría, mirando el horizonte en silencio, como si quisiéramos congelar ese instante. Al volver a la cabaña, encendimos una pequeña chimenea y preparamos una parrilla como despedida simbólica del viaje. Fue un cierre cálido, íntimo, lleno de gratitud. Descansamos profundamente, sabiendo que al día siguiente volvíamos a casa, pero con el corazón lleno de recuerdos que nos acompañarían para siempre.
Última parada: ¡Hogar, dulce hogar!
Después de una semana en el camino, durmiendo en todo tipo de lugares —desde campings frente al mar hasta en la cima de montañas y caletas remotas— hicimos el último recorrido hasta el destino más esperado: nuestro hogar. Íbamos cansados, sucios, con el cuerpo algo adolorido, pero el alma llena de algo que sólo los viajes pueden dar. Cerramos la puerta de la casa sabiendo que habíamos vivido algo extraordinario. Con todos los tragos dulces y amargos, con todas las risas, los miedos, las sorpresas y aprendizajes, nos quedamos con el mejor viaje de nuestras vidas, uno que recordaremos con todo detalle por el resto de ellas.
Sí, fue difícil de planificar. Hubo fechas que cuadrar, rutas que estudiar, distancias largas que medir, campings que reservar con anticipación, presupuestos que ajustar y —muy importante para nosotros— que todo fuese pet friendly. Pero cada noche de organización, cada lista, cada duda previa, valió la pena. Porque cuando por fin estás en la carretera, viendo cómo el paisaje cambia con el día y cómo la libertad te respira al lado, el esfuerzo se transforma en un sueño vivido. Un sueño real.
El motivo de esta publicación es compartir una verdad sencilla pero poderosa: si un viaje así está en tus planes, o en tus sueños, no lo postergues. No lo dejes para después. Abre tu agenda, ponle fecha, dedícale tiempo, energía y mucho cariño a la planificación. Porque está en tus manos crearlo, hacerlo pasar, y luego vivirlo. Y créenos: vale cada kilómetro. Si tienes preguntas, dudas o necesitas consejos para hacer realidad tu propia aventura, aquí estamos para ayudarte. Con gusto compartiremos lo que aprendimos en el camino. Pueden ver el video de nuestro viaje más abajo, o haciendo click aquí.
Muy pronto planeamos hacer este viaje de nuevo, posiblemente al sur de Chile, pero ahora con una nueva integrante en nuestra familia: la preciosa Emma!
¡Nos vemos en la ruta!
Felicitaciones! Está muy bien escrito, con un lenguaje de mucha altura y con imágenes que retratan muy bien lo que vivieron. Se nota que fue una experiencia única en un país casi desconocido y por eso acaban de crear una joya para el recuerdo. Esperamos la segunda parte.
Pedro
Nos alegra enormemente vuestras hermosas palabras, nos alienta a continuar por este camino, un abrazo grande.
Gracias por todo, Amador! Fue mágica nuestra estadía en Astrocamping contigo, Matías y eKaterina! Súper recomendado tu camping en Valle del Elqui para el que quiera tener un viaje increíble: https://astrocampingelquiexperience.com/
Un gran abrazo!